Alguno quizás me tendrá como un héroe
en este momento, pero la realidad es que me di cuenta que todo lo que estaba
haciendo no servía para nada.
Miento, si sirvió, pero no para lo que
yo estaba buscando. Lo que estuve haciendo ese año anterior, me sirvió para ir
profundizando en la búsqueda por conocer y solucionar los problemas de nuestra
sociedad. Por si no entendieron a qué me refiero, ahora les explico cómo llegué
a esta conclusión.
Contento por los resultados que iba
obteniendo, intentaba hacerlos públicos (sin decir que era yo quien los
provocaba) para que todos se enteraran y lo tomaran como ejemplo en sus vidas.
Sin embargo, algunas personas
negativas (realistas las llamo ahora) me decían que todo eso no servía para
nada. Cada uno de los resultados que había logrado, para algunos, no eran
realmente importantes. No solucionaban ningún problema de fondo.
Recuerdo cuando logré que se pusieran
en marcha mi proyecto para frenar la violencia deportiva. Un viejo del trabajo
me dijo: “el fanatismo en los deportes sirven para mantener a las masas
pensando en cosas sin importancia. A su vez crea un sentido de pertenencia
inútil que solo sirve para que descarguen su violencia contra personas que no
les generan ningún mal. Les mantienen la cabeza ocupada en otras cosas, para
poder dominarlos más fácilmente.”
Realmente un genio el viejo (no lo
era, pero era el apodo que le pusimos), de hecho se convirtió en mi ídolo.
Nunca había tenido un ídolo o modelo a seguir, pero él logro cautivarme.
Tenía 55 años y era veterano de
guerra. Al año siguiente de pelear se metió al curso para detective de la
policía, luego de que su esposa sea asesinada en un accidente por un
drogadicto. Entrenó entre los 12 y los 32 años, Camabi, un sistema de combate
militar con un importante hincapié en inculcar valores humanos.
Y tenía razón. Todo lo que decía lo
sabía justificar muy bien, era realmente muy sabio. No se limitó a opinar sobre
el tema anterior, sino que hizo lo mismo con cada una de las otras tres.
Sobre las empresas opinaba que solo
piensan en el lucro, no en las personas. Y que las más conocidas son las más
poderosas, con sucursales en muchos países.
Toda empresa poderosa tiene intereses
de los que ocuparse. El Estado representa estos intereses y no los nuestros,
como debería ser.
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